Una lectura cruzada del paper fundacional de Luttwak (1990) y la última encuesta de GlobeScan (2026) muestra que el riesgo geopolítico que las empresas hoy reconocen como prioritario es, en realidad, una transición estructural anunciada hace 36 años. Lo nuevo no es el fenómeno. Lo nuevo es que las empresas operan ahora en su lógica.
Por Fernando Legrand, Director de Strathos Lab | Inteligencia Glocal y Resiliencia Estratégica
A inicios de mayo de 2026, GlobeScan publicó un dato que vale la pena leer en detalle. En su encuesta a profesionales de Asuntos Corporativos en seis sectores económicos, el riesgo geopolítico aparece como la principal preocupación de corto plazo en todos los sectores sin excepción, citado por entre dos tercios y más del 80% por ciento de entre quienes respondieron según industria. La encuesta se llama Global Business Risk Outlook 2026 y forma parte del informe anual que GlobeScan elabora junto a la Universidad de Oxford. El dato que sobresale es contundente: la inestabilidad geopolítica desplazó a todas las demás preocupaciones empresariales -presión macroeconómica, impacto de la IA, disrupciones de cadena de suministro, cambio climático, privacidad de datos- al lugar de prioridades secundarias.
En este escenario los analistas de GlobeScan intentan acercar una mirada prudente, entendiendo que las empresas necesitan navegar señales de riesgo cada vez más complejas y a veces contradictorias. La función de Asuntos Corporativos, dicen, está hoy en el corazón del risk sense-making organizacional.
Es una buena lectura, pero le falta una capa.
Lo que GlobeScan describe como un fenómeno emergente -el riesgo geopolítico desplazando todo lo demás- fue anunciado con precisión hace 36 años por uno de los estrategas más leídos del último cuarto del siglo XX. Edward Luttwak publicó en el verano boreal de 1990, en The National Interest, un ensayo de pocas páginas que cambió el vocabulario de la conversación sobre el orden mundial: From Geopolitics to Geo-Economics: Logic of Conflict, Grammar of Commerce.
El subtítulo es la tesis. Lógica del conflicto, gramática del comercio. La idea central es que con el final de la Guerra Fría los Estados no abandonan la lógica del conflicto entre potencias -siguen pensando en términos de competencia, dominación, ventaja relativa- pero la traducen a un nuevo lenguaje. Ese lenguaje es el de la economía. La gramática del comercio internacional, decía Luttwak, sirve ahora como instrumento de objetivos que antes se perseguían con la fuerza militar. La inversión, los aranceles, el control de cadenas de suministro, la regulación de tecnologías estratégicas, el acceso a recursos críticos: todo eso pasa a ser arena de competencia interestatal con la lógica que antes dominaba el campo militar.
Luttwak escribía esto en 1990. En el momento en que lo hacía, era una hipótesis prospectiva. La Unión Soviética todavía existía. Estados Unidos era hegemón solitario. China apenas empezaba su despegue. La globalización financiera estaba en su fase optimista.
Treinta y seis años después, GlobeScan documenta que el fenómeno que Luttwak anticipó es ya la principal preocupación operativa del management corporativo global. No de los gobiernos. De las empresas.
Esa es la parte que GlobeScan describe pero no explica.
La transición estructural
Lo que cambió entre 1990 y 2026 no es solo que se materializó la geoeconomía como modalidad dominante de competencia interestatal. Lo que cambió es que las empresas ya no son espectadoras del fenómeno, sino que son sujetos activos.
Cuando Luttwak escribía, las empresas operaban en un orden internacional que las protegía. Las reglas del comercio global -GATT primero, OMC después- funcionaban como un marco neutral donde la decisión empresarial podía ser técnica: dónde producir, dónde vender, con qué proveedores trabajar, en qué moneda operar. La geopolítica era contexto: factores externos que afectaban resultados pero no entraban en la matriz de decisión cotidiana.
Hoy las reglas no son neutrales. Son disputadas. Y las empresas operan en medio de la disputa.
Strathos Lab viene documentando esta transformación en notas previas. La doctrina Donroe, que actualiza el corolario norteamericano sobre el hemisferio, condiciona el acceso a financiamiento, concesiones, licencias y cadenas de suministro al perfil geopolítico del operador. El caso Serra Verde en Brasil mostró cómo la categoría «seguridad nacional» puede activarse desde marcos opuestos para resolver una operación de minerales críticos. Son dos ejemplos sectoriales del mismo fenómeno: lo que antes era contexto ahora es matriz.
Una empresa minera que opera en el cordón andino con maquinaria china, financiamiento estructurado bajo Belt and Road y comprador final occidental no está tomando decisiones técnicas neutrales. Está operando en un campo de fuerzas geopolíticas que reescriben el costo, la viabilidad y la legalidad de sus decisiones. Lo mismo aplica a un banco que ofrece líneas de swap en yuanes, a una telco que despliega infraestructura 5G de origen chino, o a una farmacéutica que depende de principios activos de India.
El management corporativo descubre esto como sorpresa porque los marcos de gestión de riesgo que viene utilizando -ESG, compliance, riesgo país, riesgo regulatorio- no fueron diseñados para procesar geoeconomía. Fueron diseñados para procesar un mundo donde la separación entre economía y política era operativa. Cuando esa separación deja de existir, es cuando los marcos se quedan cortos.
La asimetría de vocabularios
Acá hay un problema más sutil que es el de los marcos. Hay un problema de vocabulario operativo.
Las empresas globales tienen vocabulario sofisticado para hablar de riesgo financiero, riesgo operacional, riesgo de cumplimiento, riesgo reputacional. Tienen comités, métricas, frameworks. Para todo eso existe ingeniería conceptual madura.
Para riesgo geoeconómico no existe nada equivalente. La conversación se hace con palabras prestadas: o se usa el vocabulario de la geopolítica clásica (alianzas, esferas de influencia, balance de poder), que está pensado para Estados y no para corporaciones; o se usa el vocabulario de la estrategia empresarial (ventaja competitiva, posicionamiento, mercados), que está pensado para mercados estables y no para arenas de disputa interestatal.
El error fundamental del management actual es intentar gestionar con gramática comercial -contratos, auditorías y cumplimiento- lo que en realidad son maniobras de conflicto. Un bloqueo logístico o una denegación de permisos provinciales no son «fricciones del mercado»; son actos de interdicción geoeconómica destinados a negar el acceso a recursos estratégicos.
Esa asimetría de vocabularios es lo que GlobeScan registra empíricamente sin nombrarla teóricamente. Cuando los profesionales de Asuntos Corporativos dicen que el riesgo geopolítico es su principal preocupación, lo que están diciendo en realidad es que tienen una preocupación para la cual no tienen herramientas precisas.
Lo que viene
Esto plantea una pregunta que excede el alcance de este análisis pero que vale dejar enunciada. Si la geoeconomía es la lógica dominante de la competencia interestatal contemporánea, y las empresas son ahora sujetos activos en esa lógica, ¿qué tipo de inteligencia estratégica necesitan las empresas para operar bien en este mundo?
No alcanza con análisis político tradicional, que mira a los Estados desde afuera. No alcanza con consultoría estratégica empresarial clásica, que mira al mercado como si fuera un campo neutral. No alcanza con ESG, que aporta criterios de sostenibilidad pero no procesa adecuadamente la dimensión geoeconómica de las decisiones sectoriales.
Hace falta otra cosa. Una inteligencia que entienda los marcos doctrinarios estatales y sea capaz de traducirlos a implicancias operativas sectoriales. Una inteligencia que opere en la frontera entre geopolítica y decisión empresarial. Una inteligencia que reconozca que lógica del conflicto y gramática del comercio ya no son dos campos separados, como podía suponer la consultoría empresarial del siglo XX, sino un campo único con múltiples dimensiones.
Luttwak no usó la palabra inteligencia en su paper de 1990. Pero la conclusión a la que invita su análisis es esa: la transición de la geopolítica a la geoeconomía requiere actores capaces de leer el campo nuevo. Treinta y seis años después, esos actores son a veces los Estados, pero cada vez más también las empresas. Y los marcos para esa lectura están todavía en construcción.
GlobeScan documentó el síntoma. La preocupación geopolítica como principal riesgo en todos los sectores. Lo que viene, es entender el fenómeno detrás del síntoma y desarrollar las herramientas para operar en él.
Esa es la conversación que desde Strathos Lab queremos ayudar a abrir.
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